Hasta hace relativamente poco tiempo no caí en la cuenta de que la regla de oro de la ética, la reciprocidad, no era sino un error o al menos una forma demasiado simplificada de ver las cosas.
La regla de oro de la ética dice algo así como "
no hagas a otros lo que no quisieras que te hicieran a ti" o, más en positivo, "
haz a los demás lo que quisieras que otros hicieran contigo". Esta máxima, que me enseñó mi madre y también mis maestros, es tan antigua que se cita en el
Mahabarata del hinduismo hace 2.500 años según los autores más conservadores, o hace 5.000 años según la tradición, y se ha recogido en casi todas las religiones como una forma de diferenciar el bien del mal.
Pues bien, ni siquiera
Inmanuel Kant y su
Imperativo Categórico Supremo me sacaron de mi infantil convicción de que podía ésta tratarse de una buena manera de regirse por la vida. Bueno, la de Kant seguramente es mejor, pero un poco más complicadillo eso de imaginarse uno a sí mismo permanentemente como un legislador universal :)
El error es tan sencillo como partir del presupuesto de que todos deseamos lo mismo. Es cierto que, enfermedades mentales aparte, en general todos aspiramos a un trato esencialmente igual en cuanto al trato físico, el respeto a uno mismo, la consideración sobre las ideas, etc, etc. Pero la regla empieza a fallar cuando se hila fino: qué tipo de cosas desea el otro, qué considera agradable o no, qué trato es mejor... En esos supuestos la reciprocidad no sirve.
Pues bien, en mi humilde opinión, la regla para estos casos debe ser la
empatía; esto es, saber ponerse en el lugar del otro y comprender lo que realmente le ocurre y lo que prefiere. Esto es muy importante siempre en las relaciones humanas y, desde luego, en la empresa es importante desde todos los puntos de vista, incluida la motivación.
No hagas a los demás lo que te gustaría que te hicieran a ti. Tal vez tengan otros gustos.
Yo diría: trata a los demás como ellos quisieran ser tratados.
Lo que le ocurre a la regla de oro y a la empatía le ocurrió, salvando las distancias conceptuales, a la
gravitación universal de
Newton, que sirvió hasta que se empezaron a hacer
cálculos más finos, que no tuvieron explicación sino con la
relatividad general de
Einstein: al Sr. Mercurio no le gustaba que le trataran como a todo el mundo. Hoy las ecuaciones de la gravedad de Newton, por su sencillez, se usan para ciertas estimaciones, y las de la relatividad para cálculos mucho más precisos.
Y éste es el post. Esto de estar de vacaciones y ser las tres de la mañana es lo que tiene.