sábado, 4 de julio de 2009

Fábula de Garoña

Érase una vez un 'viejo' modelo económico. El 'viejo' modelo económico estaba basado, al final de su vida, fundamentalmente en la especulación de precios. Nadie lo había diseñado expresamente así, pero así había terminado siendo por razones que sería prolijo explicar.

El 'viejo' modelo económico, basado en la construcción, era poco productivo pero era intensivo en mano de obra y generaba industria auxiliar, por lo que todos ganaban, incluído el Estado que recaudaba su parte en plusvalías de suelos e impuestos sobre las operaciones y los beneficios.

El 'viejo' modelo económico sólo era sostenible hasta que, tarde o temprano, alguien dijera en voz alta que no había tanto dinero como los agentes (ofertantes y demandantes) suponían; y entonces los activos perderían su valor hinchado y los clientes su credibilidad también hinchada. El día que alguien habló en voz alta (un cliente que no pagó su hipoteca) todo se cayó como un castillo de naipes y todo el mundo llegó a la conclusión de que el 'viejo' modelo económico no valía y había que cambiarlo; lo que ocurre es que pocos sabían dónde y menos sabían cómo.

Y así apareció el 'nuevo' modelo económico, más planificado que el anterior y uno de cuyos puntales estaba llamada a ser la Economía Verde.

La economía verde, aunque es un concepto amplio y nada desdeñable, en el país de nuestra fábula se basaba fundamentalmente en la energía verde o renovable. La energía renovable no era eficiente ni rentable, y se basaba en subvenciones del Estado (que por cierto, ya no recaudaba). Así, el 'nuevo' modelo económico, que sustituía al antiguo basado en la especulación, se basaba ahora en las subvenciones.

Para hacer patente ante todos cuál se quería que fuera el nuevo modelo, se hizo el gesto de cerrar una central nuclear como máximo exponente de lo no verde.

Pero este 'nuevo' modelo económico, además de su dependencia del Estado, agrandaba el déficit energético del país, y sobre todo, no era ahora tan intensivo en mano de obra, ni generaba tanta industria auxiliar ni, por tanto, generaba mucha riqueza. No sólo dependería la nueva economía de las ayudas del Estado, sino también lo harían muchos ciudadanos que no encontrarían un empleo con el 'nuevo' modelo.

Así pues, alguien dijo en voz alta que el 'nuevo' modelo económico era verde pero no era sostenible, y entonces se cayó otra vez el castillo de naipes y hubo que pensar en una nueva generación de modelo económico (llamémosle sencillamente el 'siguiente'), que esta vez se basaba en una economía real de bienes y servicios valiosos, ajustados a la demanda de los clientes del país y de fuera de él.

Y añadamos que en un "mix" energético acorde a las necesidades y a las posibilidades.

Vaya por delante que soy creyente y defensor de la necesidad de un producción y de un desarrollo sostenible medioambientalmente, y creo que se pueden abrir ahora oportunidades empresariales interesantes en este nuevo modelo, que debieran potenciarse. Pero las cosas deben hacerse en sus justos términos, con sentido y con eficiencia.

O nos ponemos serios y exigimos seriedad, o nos va a costar un triunfo llegar al 'siguiente' modelo económico: el de la economía productiva, la sostenibilidad, el conocimiento, el valor y la competitividad.