Es sabido que el arte, como casi todo, es objeto de inversión de capitales. En la medida en que se trata de un bien escaso y valioso, personas o entidades con mayor o menor poder adquisitivo y suficientes conocimientos o asesoramiento en la materia, invierten en obras de arte con objeto de obtener una rentabilidad en el tiempo.
Cuando la rentabilidad de muchas inversiones es hoy tan baja y cuando la prima de riesgo de cualquier cosa (incluídos los países) se incrementa constantemente, los ojos de los inversores seguramente se fijen en valores como el arte.
Pero es la primera vez que veo una vinculación tan clara entre arte y rentabilidad, o quizás debería decir entre rentabilidad y arte. En una ingeniosa aproximación a esta dualidad, Salathé (autor del applet que, convenientemente difundido por Yoriento, ha contribuido a llenar de flores muchos blogs) y White venden ¿obras de arte? a la misma vez que emiten un bono: se comprometen a recomprar el cuadro a fecha cierta por un importe establecido que incluye el principal más un lógico interés (de más o menos un 12% anual calculado a lo bruto). Y ese es precisamente el cuadro: el texto del título emitido.Quien se queja del cambio y no se adapta a él no tiene posibilidades; quien no convierte las amenazas (llámense productores asiáticos, consumidores "caprichosos" o clientes que alargan pagos) en oportunidades es parte del problema.
Por mi trabajo estoy todo el día poniendo paños calientes encima de la crisis. Lo más fácil para mí sería hacerlo también fuera de mi trabajo, en este blog, comprendiendo situaciones, buscando culpables o dando la razón a todo el mundo (que, además, en la mayoría de los casos la tiene). Lo difícil es llamar a las cosas por su nombre y decir que, realmente, la solución a la crisis no la tienen otros sino sólamente tu y yo encima de nuestros hombros.



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