lunes, 5 de octubre de 2009

La falacia del cristal roto

Alguien me comentaba en una comida que no comprendía cómo algunos no entendíamos algo, en su opinión, tan claro como que el hecho de que el Estado dé más dinero a la sociedad vía transferencias corrientes (por ejemplo, incrementos de prestaciones sociales) es beneficioso para todos, y muy especialmente para el desarrollo económico y para los empresarios, porque eso suponía más gasto y, a la postre, más actividad. Algo parecido vienen a decir también los sindicatos con los incrementos salariales: más salarios son igual a más consumo.

Me recordó esto la falacia del cristal roto. Esta falacia (me gustan los sofismas últimamente) la enunció en el siglo XIX el economista francés Frederic Bastiat. Viene a decir que, si un niño rompe con su pelota el escaparate, a la postre es un acto positivo, ya que el comerciante compra un nuevo cristal al cristalero, quien a su vez con ese dinero compra pan al panadero, etc., por lo que se genera una rueda de beneficio que crea actividad y empleo. Algo así como lo de las prestaciones sociales.

Como toda falacia, su razonamiento es incorrecto. El error de este planteamiento, que el propio Bastiat desvela, es que no tiene en cuenta los costes de oportunidad; es decir, aquellos costes que representan lo que se podría haber hecho con el dinero destinado a restituir el cristal. Ese dinero, en manos del comerciante, seguramente hubiera redundado en nuevas mercancías y en inversiones productivas, generadoras de valor y de empleo, destinado a la generación de nuevas cosas y no sencillamente a la restitución de lo destruido.

El Estado es un niño muy grande con una pelota enorme. Cuando planifica los presupuestos para el año siguiente, es preciso que tenga en cuenta no sólo los efectos de lo que gasta, sino también lo que se podría haber conseguido con lo que no pudo gastar. Sigue siendo preciso promover una economía basada en la mejora de la productividad y ello sólo puede hacerse contribuyendo a un mercado económico proclive a la actividad empresarial, con una mejor educación, una mejora de las infraestructuras y mejoras tecnológicas. Eso es pan para hoy y también para mañana.

10 comentarios:

Leo Borj dijo...

Claro que es una falacia. De seguir adelante con el argumento, bienvenídos fuesen terremotos, incendios e inundaciones.

Félix dijo...

Lo malo de las falacias es que, cuando el planteamiento se complica un poco, ya no se ve de forma tan clara.

En el caso del bien que genera la destrucción está el tema claro (aunque hay que decir que a veces alguno tampoco lo ven tan claro).

En el caso de los costes de oportunidad de desperdiciar inversiones alternativas, eso se valora menos y muchas veces se desprecia, como en el caso de las transferencias corrientes o los salarios.

Carlos Andreu dijo...

No puede estar mejor explicado aquí... http://www.youtube.com/watch?v=j0TRgVbCLwE&feature=player_embedded
Gracias Félix por tu reflexión

Mario Bruce dijo...

Tres consideraciones sobre lo que expones:

a) Para el comerciante el cristal es "una pérdida", ni más ni menos, y el término no deja lugar a dudas.

b) ¿Qué incremento de competitividad produce la compra de un cristal?

c) Hay niños a los que no se les debería dar una pelota, ya lo decía Serrat "Niño, deja ya de joder con la pelota"

Un saludo

Augusto Rodríguez Zafra dijo...

Siempre nos confundimos con el mismo binomio: gasto o inversión

Quique dijo...

Pero el Estado no está rompiendo el cristal, está corrigiendo un cristal que está roto.
Ante una situación de desempleo, el estado dota a estas personas desempleadas de un dinero que será destinado a consumo y afectará positivamente a la demanda. Claro que puede haber una forma más rentable de utilizar ese dinero, pero esto no produciría una mejora social directamente.

Se tiende a pensar, por parte de los defensores del mercado libre, que si ese dinero se hubiese quedado en la empresa, hubiese generado más economía, habría contratado a más gente, y el efecto hubiese sido el mismo (empleo y más economía) pero llevado más eficientemente por las empresas.

Sin embargo encontramos mayor justicia social y un saneado sistema empresarial en los países con transferencias directas muy altas (como por ejemplo los países Nórdicos).
Habla Bauman (en Tiempos Líquidos), sobre una desmantelamiento del Estado del Bienestar, que lejos de traer un sistema más justo y beneficioso para todos, genera una falta de seguridad existencial.

Félix dijo...

Quique, tienes razón en que en esta falacia en concreto, el Estado no es el niño. Pero quedaba más literario.

Bueno, eso salvo en los casos en que se construye diez veces la misma acera. He visto con mis ojos obras del Plan E para reactivar la economía que han consistido en levantar calles que habían sido arregladas hace apenas dos años.

Quique dijo...

Felix, en esto, completamente de acuerdo. Pero es algo ya de cultura nacional, esta falta de eficiencia pública y la poca valoración del rendimiento.
A pesar de mi claro corte keynesiano se me tacha de lo contrario, por defender que dentro de las administraciones públicas debería regir la misma meritocrácia imperante en el sector privado, si haces las cosas bien se premia, si no, no. Creo en un marketing del Estado, no entendido como una venta de lo que hace el Estado, si no de un sondeo de la satisfacción del ciudadano, de la gestión de la experiencia del ciudadano en los momentos de la verdad (Carlzon) ante la administración,... de por lo menos disminuir los efectos nocivos de un monopolio (por definición de administración actual) público.

Un saludo,

Quique dijo...

Actualización: Me acordé ayer de nuestra conversación en una charla del seminario del a Fundación Étnor, del profesor José Barea. Hablaba de el papel del estado en españa, y dentro de esto incluía dos líneas, por un lado la estabilidad presupuestaria, y por otro las reformas estructurales (entre otras la de la Administración, ineficiente y costosa)

Félix dijo...

Fíjate que otras reformas estructurales, como la laboral, las veo difíciles de conseguir; pero la de la Administración no sé si alguna vez la veré. Y no será porque no sea necesaria.