miércoles, 16 de abril de 2008

El valor de la razón

Allí donde habla el corazón es de mala educación que la razón lo contradiga.

Esta frase es de La insoportable levedad del ser, de Milan Kundera, y me recuerda la enorme dificultad del neocortex de nuestro cerebro, el cerebro "racional", de imponerse sobre el sistema límbico, el cerebro "emocional".

Por mi trabajo, dedico una parte razonablemente importante de mi tiempo a hablar con responsables públicos; personas con capacidad de influir en la sociedad, bien sea a través de la proposición de normas y el control de su cumplimiento, como de la incentivación de determinados tipos de acciones. A esa capacidad de influencia, generalmente se une una voluntad de cambio, motivada por sus convicciones ideológicas y por el compromiso adquirido con la sociedad en el programa electoral.

Hace poco me hablaba uno de ellos de lo injustas que le parecían determinado tipo de situaciones y de cómo pretendía cambiar eso por la fuerza del Diario Oficial. A pesar de darle entonces y ahora plenamente la razón sobre lo injusto de los temas que tratábamos, me di cuenta de que cualquier argumento racional sobre la mejor forma de adoptar soluciones reales era interpretado por su parte como una obstaculización a sus intenciones. Como diría Kundera, en ese momento era de mala educación que mis argumentos racionales interfirieran en su deseo especialmente emocional.

Esto suele ocurrir en más ocasiones de lo que a uno quisiera, y lo peor es que tienen mal arreglo: dado que muchas ideas esgrimidas tienen una fuerte componente ideológica y podríamos calificarlas de emocionales, un argumento racional, no ya que lo matice, sino que solamente pretenda enfocarlo para adoptar decisiones realmente efectivas y no meramente efectistas, es interpretado como un obstáculo a la idea.

Creo que en el directivo público y también en el empresarial debe primar la eficacia. Una vez definido el objetivo a conseguir (que es plenamente lícito que sea movido por las emociones) en las fórmulas para su consecución debería primar la razón. El directivo debe conocer a la perfección el mecanismo y cada uno de los engranajes del entorno en el que pretende actuar, bien sea el mercado o la sociedad, y tener claro en qué punto se puede tocar, qué contrapesos utilizar y cuáles serán los efectos. Esto último, que parece lógico, en muchas ocasiones no ocurre y nos encontramos mucho voluntarismo, mucha comunicación (publicidad) y pocos resultados.

Y si esa unión de comunicación y escasos resultados fuera exclusivamente el resultado de la visión cortoplacista del político, podría entenderlo (el incentivo del político es el resultado electoral, y eso es cortoplacista; si los ciudadanos remuneramos a los políticos a corto plazo no podemos pretender que actúen a largo). Pero lo triste es cuando existe voluntad real de conseguir resultados y ellos no se obtienen por no querer conocer los engranajes, por pretender que la sociedad o el mercado sean como a uno le gustaría y no como realmente son.

Dicho lo anterior, y si sirve de modesto consejo, cuando existen multitud de actores, con posiciones divergentes y se necesita el concurso de todos ellos, generalmente se consiguen mayores resultados apelando a los intereses que a los sentimientos, ya que éstos últimos pueden no incidir igualmente sobre todos ellos.

Un ejemplo: en Noruega, el país del mundo donde más avanzadas están las políticas de igualdad, donde más mujeres trabajan y donde mejor se compatibiliza trabajo y familia, los argumentos que dieron lugar a conseguir estos resultados no fueron exclusivamente de justicia social (que por supuesto también lo fueron) sino fundamentalmente de desarrollo económico. El país no podía seguir creciendo si no hacía el esfuerzo necesario para incorporar en igualdad de condiciones a la mujer al mundo laboral. El Estado debía invertir y todos los actores debían poner después de su parte. Esa intención de progreso unió las voluntades de todos y al final el resultado se consiguió, que a fin de cuentas es lo que importa.

Por no hablar sólo de directivos públicos, en mi comentario anterior trataba sobre moralidad y los resultados empresariales. Allí comentaba que me parecía preferible una aproximación al concepto de RSE basada en la competitividad que única y exclusivamente en la moralidad, no porque no esté plenamente de acuerdo en la necesidad de un comportamiento moralmente aceptable de las empresas, sino porque dicha aproximación basada en resultados, conociendo cómo funcionan los engranajes empresariales, me parece sencillamente más eficaz.

En la medida que estudios científicos demuestran que una actuación responsable consigue mejores resultados a medio plazo y se conozcan y apliquen los resortes para que ello sea factible, se obtendrá un mejor comportamiento de las empresas en su entorno, conjugándose de esta forma los intereses de la sociedad y de las empresas y dando satisfacción a la demanda de una mayor responsabilidad social empresarial, que a la postre es lo que importa.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

El corazón no puede hablar, no tiene boca.

Senior Manager: dijo...

Félix...El problema es España es netamente cultural y problemas de este tipo no se arreglan de la noche a la mañana, así tendremos que seguir viviendo así por unas décadas mas hasta que generaciones con la mente más abierta, más globalizada y menos sexista y xenófoba tomen las riendas del país.

Camilo dijo...

Excelente artículo. Hablás de muchas cosas, en forma muy sucinta. No por eso no deja de tener mucho valor.
La salida a mi parecer es la de la valoración y la práctica efectiva democrática y republicana
Saludos

Anónimo dijo...

El corazón habla perfectamente y se le entiende aunque sea silencioso...