viernes, 7 de septiembre de 2007

Que trabajar no te impida pensar...

En la empresa de televisión china X, de la gran ciudad de Y, se produjo un incidente que me hizo reflexionar sobre el concepto de “obediencia debida”. El caso es el siguiente: una niña de 13 años, procedente de un pueblo pobre, llega a la gran ciudad en busca de un niño de 8 años que ha viajado con la idea de trabajar para ayudar a pagar las deudas contraídas por su madre enferma.

El niño no tiene padre y ha abandonado la escuela para trabajar. La niña que le busca es su maestra; aún es una niña porque el alcalde de su pueblo no ha encontrado a nadie que quiera trabajar de profesor por tan poco salario.

El niño se ha perdido en la estación de autobuses nada más llegar y vaga por la ciudad desde hace tres días. La niña busca sin éxito de todas las formas posibles, lleva varias noches sin dormir ni comer pues no tiene dinero, hasta que una persona le indica que puede intentar poner un anuncio en televisión.

Ella se persona en la empresa de televisión y explica su problema a la bedel de la puerta, quien le dice que sin una acreditación no puede permitirle el paso. Tras varias intentonas, la mujer le indica que sólo podría resolver su problema si hablara con el director, pero que no puede verle pues no tiene acreditación para entrar. Le dice que se marche y que no la moleste más. La niña espera en la puerta de la empresa durante dos días, preguntando a todo el que entra o sale si él es el director.


El director se entera del caso por otro empleado y hace llamar a la mujer de la puerta, quien le explica que no la ha dejado entrar en cumplimiento estricto de las normas de su trabajo, y que en su opinión la niña está loca. El director le contesta que quién está más loca, una niña que busca desesperadamente a otro niño perdido o una mujer que consiente que una niña pase dos días y una noche en la puerta de la empresa.


Este caso no es real; es una escena de la película que ví el otro día: “Ni uno menos”, del director chino Zhang Yimou (muy recomendable).

En descargo de la mujer podría decirse que para el director de la televisión es más fácil obviar las normas que para la bedel de la puerta. Sobre la mujer pesa la amenaza de ser amonestada si incumple las instrucciones que ha recibido. Ello hace que no se plantee una opción distinta de la que le han indicado, sin perjuicio de que ayudar a la niña sea claramente más justo (incluso pudiera darse el caso de que fuera además más rentable, como ocurre en la película, pues el problema de la niña finalmente se publicita y produce un shock en la sociedad de la ciudad).

Parece claro que la persona debería tener, por encima de las directrices y las normas, la capacidad de reflexión y de toma de decisiones para saber cuándo es imperativo hacer algo más que ser estricto cumplidor y ampararse en la mera obediencia debida.

Tomar una decisión de este calibre no es fácil, requiere una capacidad analítica y crítica y sobre todo exige una valentía. En las organizaciones (bien sean empresas o de otro tipo) e incluso en las sociedades, en muchas ocasiones los individuos se “escudan” en las normas, escritas o no, para sencillamente no pensar, a pesar de cuáles sean los resultados de su acción o de su inactividad.

En este caso, en mi opinión el director de la televisión tiene igualmente su responsabilidad, pues no ha sabido o querido fomentar una organización en la que las personas se sientan libres para manifestar posibles discrepancias sobre las instrucciones recibidas. Por desgracia esto es algo demasiado habitual.

Hace unos meses escuché en la radio un caso dramático: un operario de una compañía eléctrica cortó la luz de su casa por impago del recibo a una mujer conectada a un aparato médico eléctrico que la mantenía con vida; ello a pesar de que le habían rogado encarecidamente que no lo hiciera y que le habían explicado las consecuencias de su acción. Esto ocurrió en Europa. La mujer murió, pero él cumplió escrupulosamente las instrucciones que le habían dado. ¿Alguien obtuvo algún beneficio de semejante acción?

3 comentarios:

alvaro dijo...

Hola Félix, tu estupendo artículo me recuerda al famoso caso del experimento Milgram, y hasta dónde el ser humano es capaz de escudarse en la "autoridad" para cometer actos terribles. Creo que en las empresas al menos es más frequente la mezquindad que la maldad, así que tomaré eso como un pequeño consuelo. Pero en efecto, hay veces que uno se pregunta como pueden ciertos individuos dormir consigo mismos, y probablemente pueden porque hay alguna entidad superior a la que responsabilizar.

Félix Peinado Castillo dijo...

Por desgracia parece ser innato al ser humano la obediencia a la autoridad. Además desde pequeños nos enseñan que debemos ser obedientes a los superiores jerárquicos. Asumimos que el superior tiene mejor información y obedecemos sin cuestionarnos la moralidad de la orden, trasladando la responsabilidad del resultado a la autoridad y sin asumir ninguna como propia.

Saltar por encima de este condicionante psicológico es complicado. Probablemente sea más fácil, en vez de actuar sobre el individuo, hacerlo sobre el sistema jerárquico establecido. Además, cambiar de un sistema de liderazgo autoritario a uno participativo reporta beneficios desde un punto de vista de resultados y de innovación.

Vi un video muy interesante sobre esto en Youtube, sobre los experimentos de Kurt Lewin aplicando diferentes estilos de liderazgo en grupos de niños, pero no encuentro ahora el enlace.

Arturo Calle dijo...

La cantidad de seres humanos que existe en el mundo es tan grande que si cada uno hiciera lo que quisiera, no podría funcionar la sociedad como funciona. El ser humano ha creado sistemas que permiten el orden automático: la religión, la familia, el estado etc. Las personas se sienten incómodas, con miedo, inseguras o que cometen un gran pecado cada vez que se enfrentan a una norma pre-establecida. Eso está bien desde un punto de vista de control social. Pero está mal desde un punto de vista de libertad individual.El gran problema ocurre cuando las normas aplastan el sentido común y el sentido de humanidad. O sea se da la paradoja que las normas se establecen para llevar una vida mejor y terminan incluso acabando con la vida. Debemos migrar a una sociedad basada en otro tipo de orden, no basado en normas sino en criterios, en lugar de pensar "no debo hacer esto", pensar "lo más sabio es hacer esto", así pasamos de una sociedad de restricción a una sociedad de acción. Es más fácil seguir normas que crear normas. Todo orden establecido y que es fácil de seguir, siempre beneficia a alguien que no es el que sigue ese orden sino al creador de la norma.